Carlos Merino (Author's Website)
Un pequeño apunte: Comunidades de Práctica como “driver” para la Identidad Corporativa
La gestión de activos intangibles es un eje estratégico clave dentro del nuevo paradigma empresarial. Diferentes enfoques como el denominado capital intelectual o gestión del conocimiento están involucrados con estos intangibles, siempre teniendo en cuenta diferentes perspectivas relacionadas con valores, motivaciones, creatividad, cultura, liderazgo, talento, etc.
Este enfoque viene desarrollando un amplio rango de conceptos y líneas de investigación, incluyendo un planteamiento en plena efervescencia como son las comunidades de práctica donde el conocimiento especializado o el conocimiento experto se organiza a través de la labor de grupos que tratan de liderar un ciclo continuo para su profundización y mejora.
No obstante, las comunidades de práctica tienen un sentido adicional como herramienta organizativa que promueve la cohesión y creación de identidad, siendo esta identidad corporativa un factor clave en la combinación del plano individual y colectivo. Obviamente, el trabajo colaborativo o participativo alrededor de conocimientos críticos juega un rol importante para la identidad corporativa creando actitudes de alto impacto en procesos que buscan iniciativa y motivación. Por tanto, las comunidades de práctica pueden bien asociarse a un enfoque metodológico dentro de un marco de trabajo relativo a esta identidad.
El “meeting point” del emprendimiento.
Innoemotion es plural en sus mútiples vertientes de relación con la innovación y el conocimeinto, por tanto, este post trata de aportar un nuevo vector de reflexión asociado al emprendimiento como integrador de esos dos conceptos. En este sentido, saliendo del argumento recurrente de la importancia de este factor en las economías que quieren estar liderando el ranking del “World Economic Forum”, es preciso considerar, por lo menos exponer, un par de perspectivas de interés para su correcta asimilación.
Por un lado, la óptica “micro” y, por otro, la macro. En la primera la que se apega al terreno de las organizaciones, de sus factores “directos” de competitividad o excelencia en los que ya en 2006 generamos una aproximación muy interesante desde el marco de los activos intangibles y el capital intelectual. Esa iniciativa de 2006 fue el proyecto ACREA, dirigido por el profesor Eduardo Bueno Campos (catedrático de la UAM) donde se analizaron los factores de éxito y fracaso de las denominadas “nuevas empresas de base tecnológica”.
De este proyecto se publicó un artículo en la revista “Economía Industrial” en el que se mostraba un esquema de comprensión de este proceso emprendedor de manera muy enriquecedora, estableciendo variables y fases con las que poder interpretar el tránsito hacia la consolidación empresarial.
Esta aproximación “micro” no debería aislarse de su contexto general dispuesto en una argumentación “macro” que se asocia a lo que analizó la OCDE en su estudio 2009 “measuring entrepreneurship” donde se llegaba a la propuesta de una serie de “determinantes” que proyectan el desarrollo emprendedor.
Algo complementario al “espíritu emprendedor” del que habla del proyecto Global Entrepreneurship Monitor (GEM) donde se sigue considerando aspectos ambientales para esta tarea emprendedora.
Estos tres referentes nos permiten “triangular” la comprensión de los factores clave que deberían colmar los itinerarios profesionales de las personas que están implicadas o desean implicarse en labores de estrategia o servicio dentro del marco del emprendimiento.
Saludos.
ACTIVOS INTANGIBLES – Personas VRIN
Desde las aportaciones teóricas relativas a las organizaciones se viene generando una creciente aproximación protagonista hacia los denominados activos intangibles. La consolidación de estos enfoques en la denominada teoría de recursos y capacidades cuenta en mi opinión con una referencia muy integradora en las aportaciones de Barney en 1991, llegando a una especificidad muy exhaustiva en la actualidad.
En 2004 Wade y Hulland argumentan un planteamiento asociado al acrónimo VRIN para destacar el tipo de recursos más diferenciadores atendiendo a su naturaleza intangible y cuyo detalle más concreto se expone en su aportación de Valor, son Raros, fragmentados, poco accesibles o no accesibles para terceros, Inimitables, protegidos o poco imitables y además No cuenta con sustitutivos generales.
Ahora bien, realmente ¿esos recursos se asocian a sujetos inanimados? (manuales, protocolos, etc.) o ¿se integran en un contexto de personas?, y, entonces, ¿tenemos personas VRIN?, ¿las características de este tipo de recursos son siempre positivos en el plano de las personas?
Creo que hay que hablar de niveles o grados en esas características y la gestión de esos perfiles para aprovechar toda su proyección en lo que se refiere a su aportación real de valor y no de protagonismo o dependencia, “no todo el monte es orégano”.
Nos vemos por aquí.
Referencias útiles:
Barney, J. (1991): “Firm resources and sustained competitive advantage”, Journal of Management, vol 17, nº1, pp 99-120
Wade, M y Hulland, J. (2004): “The resource-based view and information systems research: review, extension and suggestion for future research”, MIS Quarterly, vol 28, nº1, pp 107-142
Kristandl, G. Y Bontis, N. (2007): “Constructing a definition for intangibles using the resource based view of the firm”, Management Decision, vol 45, nº9, pp 1510-1524
Inteligencia colectiva: un concepto más que activar (II Parte).
Dentro de una esfera organizativa es importante comprender que la inteligencia colectiva no es un nuevo concepto, sino que forma parte inherente de un proceso social, en el cual se comparte y aporta un know how individual que se transformará con el tiempo en un conocimiento colectivo. De este modo, el saber colectivo es potenciado por la sociedad otorgando un valor recurrente basado en la interconexión de conocimientos individuales de forma transversal con el propósito de alcanzar colectivamente retos y objetivos, tanto en el marco social como a nivel de organización. De ahí, que sea necesaria la concienciación sobre la importancia de este recurso cognitivo y su ubicación como elemento clave para poder conectar el paradigma actual del conocimiento con el desarrollo social y económico.
Por ello, se habla de la importancia del “poder de la inteligencia colectiva” lo que supone un desafío dentro del escenario de posicionamiento de los nodos de valor que buscan clientes, usuarios y ciudadanos dado que el paradigma de la inteligencia colectiva genera un imparable marco de avance del conocimiento, que, en el caso de las organizaciones, abre nuevos focos de atención estratégica, ciertamente en el contexto del denominado “open innovation”[1].
Es más, los esquemas de detección de necesidades sociales cuentan hoy en día con mayores posibilidades que nunca, teniendo “al otro lado” a multitud de usuarios, consumidores y clientes ávidos de participación que pueden ser la pieza clave de la renovación de las ofertas, e incluso de la apertura de nuevas oportunidades de negocio. En este sentido, se postula la figura del denominado “social capital”[2] como parte de la propia organización o de ese capital relacional que aporta valor desde fuera, donde surgen los perfiles “Amateurs-Profesionals” (Leadbeater, 2004) como elementos de alto valor añadido para la toma de decisiones dada su especialización auto-motivada, con potente empuje latente que busca vías y condiciones apropiadas para su explosión.
Sin embargo, a pesar de la apuesta por favorecer las dinámicas colaborativas y abiertas en la organización se suele partir de una premisa demasiado institucional lo que puede suponer un obstáculo para la socialización por su falta de “grados de libertad”, en palabras de Clay Shirky se produce un “freno a la participación social”. Por tanto el eje de trabajo debe ser más genérico y por suerte coincide con los esquemas ya comentados sobre el tratamiento responsable del conocimiento, a saber, todos aquellos procesos que buscar crear, desarrollar o gestionar el conocimiento y que de forma particular se exponen a continuación:
- La gestión de la información externa, en este caso la inteligencia colectiva se postula como planteamiento que soporta la necesaria labor de “antena” que la organización articula alrededor de un sistema de seguimiento del entorno teniendo en cuenta diferentes necesidades, fuentes, canales y herramientas. En este sentido, la inteligencia colectiva debe acomodarse dentro de estos patrones de interpretación colectiva de ciertas realidades que ayudan a las organizaciones a tomar decisiones con mayor probabilidad de éxito. No olvidemos que estamos ante la comprensión de la inteligencia colectiva en virtud de su impacto en el negocio de la organización y debe tener un claro retorno el hecho de insertar el concepto en los esquemas de dirección y gestión.
- La comunicación, en este sentido el esquema de inteligencia colectiva requiere un marco muy desarrollado de comunicación en el que se habilitan los diferentes contenidos y continentes desde un plano formal e informal. Es más la flexibilidad de los esquemas de comunicación se convierten en un requisito básico para integrar a la diversidad de perfiles que componen un sistema de inteligencia colectiva. De esta forma, las organizaciones poco cohesionadas o conectadas dentro de este contexto de la comunicación no generan condiciones oportunas para el desarrollo de la inteligencia colectiva.
- El aprendizaje individual y organizativo, donde la inteligencia colectiva obviamente desarrolla un proceso intelectual constructivo en el que favorece las dinámicas de aprendizaje del individuo y del colectivo, situación organizativa que debe aplicar actuaciones en el marco de la transferencia del contexto individual al grupal asentado no sólo en soportes sociales sino también en un planteamiento TIC que permita su aprovechamiento asíncrono, dado que el valor derivado de los fenómenos de inteligencia colectiva son asimétricos respecto al momento de necesidad del usuario, por lo que puede surgir que el resultado de esta inteligencia puede ser útil no ahora sino en el futuro.
- La innovación y la mejora, perspectiva que ya se ha planteado desde el marco conceptual como una derivada importante de la inteligencia colectiva debido a sus relevantes opciones para la creación de nuevo conocimiento que surge de la suma de aportaciones, de la acumulación de talento, tanto desde una óptica rupturista en la que la madurez del conocimiento permite contar con una base cognitiva para desarrollar nuevos paradigmas de evolución en el saber, como desde una vertiente más conservadora aplicada al escenario de pequeños avances o mejoras en procesos, productos o servicios que tengan en la inteligencia colectiva un contexto de intercambio de experiencias, mejores prácticas y lecciones aprendidas que confluyen en un ejercicio integrador. De esta forma conceptos como el “open innovation”[3] o el “democratizing innovation”[4] toman mayor forma o peso, surgiendo importantes referencias para su aplicación práctica, formal, conducida como por ejemplo las metodologías denominadas de “world café”[5].
Todas estas cuestiones dejan clara la importancia de incluir este concepto en los esquemas de dirección y gestión de las organizaciones, eso sí considerando una serie de parámetros críticos que se exponen de forma detallada en el siguiente epígrafe.
Finalmente, teniendo en consideración las líneas comentadas que posibilitan la comprensión de la inteligencia colectiva en los procesos de gestión del conocimiento queda finalmente la necesidad de plantear algunos factores clave que requieren su tratamiento a la hora de considerar el correcto funcionamiento de los esquemas de inteligencia colectiva y que de manera sintética se presentan a continuación:
- Acceso, a saber, valorar y promover los esquemas que facilitan la accesibilidad de los individuos al entorno interactivo sin menoscabo de criterios geográficos, temporales, de rapidez, seguridad, etc. Todo ello representa un eje de trabajo importante para dotar de sentido inicial a los patrones de la inteligencia colectiva en las organizaciones.
- Conexión, entendida como todos aquellos canales que hacen posible la comunicación e interacción entre los individuos planteando así respuestas multicanal ajustadas a las necesidades, gustos y preferencias de los participantes.
- Valor esperado, lo que supone en el plano de las organizaciones la consideración de los retornos esperados de forma preliminar que pueda justificar un esfuerzo por apoyar las dinámicas de inteligencia colectiva.
- Reciprocidad, entendida no sólo desde la óptica de la relación de retornos “organización vs terceros (empleados o no)”, evitando situaciones de desequilibrio que rompen las condiciones para que se desarrolle esta dinámica cognitiva.
[1] Concepto acuñado por Chesbrough en 2003 y que ha revolucionado los planteamientos de comprensión del paradigma innovador.
[2] Este tipo de capital corresponde con la importancia de la esfera social en la organización, enfoque desarrollo por Nahapiet y Ghoshal (1998).
[3] Término acuñado por el Profesor Henry Chesbrough.
[4] Consideraciones expuestas por Eric Von Hippel.
[5] Metodología que conduce un fenómeno de interacción colectiva.
Práctica de comunidad
Hace algún tiempo leyendo un libro de Angel Arboníes analicé un planteamiento muy interesante sobre unas denominadas generaciones y olas de avance en la gestión del conocimiento. La primera trataba de la digitalización como expresión de accesibilidad donde facilitar las acciones de reutilización de la base documental, del conocimiento explícito. Una segunda que abarca una aproximación basada en la colaboración dado que existe conocimiento no documentado y, por tanto, los procesos de socialización resultan críticos para compartir lo que sabemos, para aprovecharlo. Finalmente, la tercera generación entra en la dimensión innovadora, en la configuración de espacios y procesos que favorezcan la creatividad y el emprendimiento.
En este esquema, que puede no ser secuencial, encontramos un momento actual donde el segundo escalón parece protagonizar el título o enfoque de muchos proyectos en el área de esta gestión del conocimiento, es decir, fenómenos de colaboración que decantan en un concepto muy recurrente como es el de “comunidades de práctica”, que como dice la profesora de la UOC, Sandra Sanz, en su tesis sobre este término, resultan ser grupos de profesionales que tratan de profundizar en el conocimiento de una temática específica. El concepto requiere asociarse a prácticas críticas que soportan o legitiman la actividad de la organización, y siendo críticas no se vinculan con un carácter de temporalidad. Ahora bien, tras varios proyectos me ha asaltado una necesidad fundamental, pasar de poner el foco en la palabra “práctica” para trasladarlo al de comunidad. Es decir, podríamos “darle la vuelta” al concepto para comprender mejor el reto, inquietud o necesidad, es decir, “práctica de comunidad”, saber configurar, gestionar y aprovechar estas estructuras de conocimiento. Para ello me han surgido 6 consideraciones básicas, a saber:
1. Contar con una cultura que valore positivamente el hecho de compartir, valores y actitudes afines a este proceso de interacción.
2. Disponer de una estrategia que defina sus retos, ejes y resultados esperados.
3. Establecer un programa de actuaciones temporalizadas.
4. Configurar un mecanismo de gestión, control y seguimiento estructural y metodológicamente hablando, llegando incluso a esquemas de dinamización considerando responsabilidades y roles concretos.
5. Disponer de una serie de herramientas que faciliten el plano de las actividades.
6. Contar con un esquema de métricas que expongan resultados esperados específicos, con detalle.
En este sentido, el funcionamiento adecuado de la comunidad de práctica debe chequearse en virtud de un “checklist” que pueda diagnosticar la madurez y robustez de esta estructura de conocimiento.
Chao.







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